El camino NO deportivo de Astorga

Señores camioneros de Sindo Castro: el camino que sale de la plaza de toros NO es su pista particular. Señores conductores ‘pilotos’, de motos, ‘quads’ y demás vehículos de recreo: el camino que sale de la plaza de toros NO es parte de ningún circuito de rally. Señores dueños de perros sueltos: el camino que sale de la plaza de toros NO es el jardín de su casa. Señores militares de Santocildes: el camino que sale de la plaza de toros NO es ningún atajo para llegar al cuartel. Señores del Ayuntamiento de Astorga, los de antes, y los de ahora: NO vendan el camino que sale de la plaza de toros como un lugar para el paseo, esparcimiento y deporte para el personal, porque NO lo es.

Y aún recuerdo escuchar al ex edil Juan Simón hablar del proyecto que un taller de empleo iba a realizar (con una inversión desmesurada para lo que realmente se hizo) en la zona, desbrozando y acondicionando un paseo paralelo a este camino, para, repito, disfrute del personal. Y no han pasado 40 años, solo dos o tres; pero esa senda ya no lo es, es un bosque de hierbas, con los palos que lo delimitaban tirados, con los carteles que hablaban de las especies arbóreas de la zona ilegibles, oxidados, peligrosos incluso. Con gallinas, si, si, con gallinas en mitad del tránsito, que si al menos dejaran un huevo suelto… con alguna oveja que se cuela, con algún perro que te ladra. El día que terminaron el proyecto fue el mismo día que comenzó su abandono. Un gasto tan inútil como absurdo. De nada servía esa senda si la gente continuaba yendo por el camino paralelo, entre otras cosas porque por la otra había que ir en fila india, ni para camino de enamorados servía oiga. Un desastre.

Al poco de llegar al poder el PP, al menos así lo reconoció el señor Iglesias, concejal de obras, anunció sus proyectos para esa zona, empezando por quitar las piedras del camino, allanarlo y acondicionarlo antes de pensar en cosas mayores. A penas me di cuenta de la acción; pero no dudo de que se hiciera. Claro, si tu quitas las piedras de un camino, adecentas como buenamente puedes sus baches, pero permites que camiones de 40 toneladas pasen a todas horas por él, que convoyes militares con remolques, portando cañones, invadan cada pocas semanas su calzada o que algunos ‘fitipaldis’ crean que están en el rally de Montecarlo, de poco vale su ‘acondicionamiento’; para mí eso es dinero tirado, o casi. Dice el refrán que no se puede dar la misa y tocar las campanas a la vez. O se hace una senda ocio – deportiva o se deja el camino para uso ‘industrial’. Yo respeto cualquier decisión, pero déjenlo claro. Para que no haya dudas.

Hace unos meses el partido socialista en Astorga pedía en Pleno que se construyera una pista de atletismo en la ciudad, usando para ello, por cierto, un artículo mío. En dicho escrito (el anteriormente publicado) no pedía en ningún momento tal infraestructura, porque realmente no creo que sea necesaria. Solo apoyo para un deportista. Y en el artículo que nos ocupa ahora tampoco lo hago. Acondicionar el camino de la plaza de toros, que pudiera seguir hasta atravesar la autovía y de ahí hasta Murias, o hasta Castrillo de los Polvazares incluso, con una senda apta para bicis, corredores y paseantes sería más que suficiente. Digo yo, que lo de la Calistenia está genial, olé para los que la ejercitan porque ya tienen su espacio; pero piensen en la cantidad de gente que transita por ese camino, que intenta hacer un poco de deporte, quizás alguna más de la que practica la otra disciplina. Recuerdo unas palabras de Simón: “para los corredores ya está la Eragudina”, se nota que el bueno de Juan no se planteó nunca hacer 15 kilómetros dando vueltas a un campo de 800 metros.

Que los militares suban por la nacional, como siempre hicieron. Que las hormigoneras vayan por la LE-142 y que se asfalte la entrada al recinto del constructor desde el cementerio de Valdeviejas, que las motos vayan al Sierro, que los perros vayan atados…. ¿tan complicado es? Y así lo imploro, como mucha gente de Astorga. Poder correr sin que un perro me tire al suelo, sin que una moto a toda leche haga saltar una china que se me clave en la pierna, sin que una nube de polvo tras el paso de un camión me provoque conjuntivitis una semana… no me lo cuentan, no es un supuesto, son algunos de los ‘percances’ que he sufrido yendo por esta senda, con la única intención de mover un poco el corazón. Muevan ustedes la cabeza, señores gobernantes, e inviertan en salud para todos.

Señor Raúl Celada, váyase, no le merecemos

Viendo estos meses el gran despliegue que el Ayuntamiento de Astorga y diversas instituciones y empresas de la ciudad están llevando a cabo para patrocinar al joven piloto de motociclismo, natural de Santa María del Páramo, Sergio Vallinas, siento cierta pena. No por el chaval, que es un crack y a buen seguro se merece que lo apoyen desde la ‘Casona’, Honda y hasta Ángel Nieto si es menester, si no por el agravio comparativo que esto supone. Asimismo, siento lástima porque las aficiones del concejal de ‘Actividades del Motor’ no pasen también por el atletismo, por ejemplo. Loable y fantástico me parece su gusto por las motos, solo faltaba, pero no olvidemos la función pública, de él y de todos sus compañeros concejales. Una función que debe actuar como tal, reconociendo y apoyando a sus convecinos, algo, que por cierto el magnífico piloto (paramés) no es.

Y miren ustedes por donde, resulta que en Astorga tenemos a un mayúsculo deportista. Se llama Raúl Celada. Nacido, criado y formado en la ciudad, en el club de atletismo que dirige un gran tipo como Uriel. Un corredor de élite que ha llevado el nombre de la muy noble por toda España. Que ha logrado, entre otras cosas, disputar hace unos días la final del campeonato nacional absoluto (cuando él aún es promesa) de 3.000 metros en pista, o quedar entre los mejores en el nacional de Cross, amén de la victoria en otras muchas pruebas deportivas de máximo nivel desde hace años, siendo componente de los equipos regional y nacional con muchas preseas en el zurrón. Qué pena, en Astorga tenemos a uno de los tres mejores atletas de la provincia, posiblemente junto a Sergio Sánchez y Roberto Alaiz, y no lo sabemos, o no lo queremos ver. Una perla del atletismo nacional y no nos da la gana de que se sienta como en casa, como debería sentirse alguien de su valor.

Aún espero un reconocimiento, una llamada del Consistorio para recibirlo, mostrarle su apoyo públicamente y un patrocinio, una ayuda para que podamos seguir viéndolo volar por la Eragudina, viéndolo llevar el nombre de su ‘pueblo’ allende los mares, porque llegará, tengan por seguro que llegará. Pero claro, cuántos de ustedes conocen a Oscar Husillos, por ejemplo, y cuantos a Marc Márquez. La publicidad de uno y otro deporte es diferente y, por desgracia, sus seguidores también. A algunos nos parece mucho más espectacular ver una carrera de velocidad impulsada por unas piernas que por unas ruedas, más auténtico, más primitivo y natural, mucho más bello. En este caso ver correr a un tipo como Raúl es un privilegio que en Astorga nos hemos cargado. Flotando por el asfalto, con larga zancada y brazos acompasando el arco perfecto. Pero claro, quien paga por eso habiendo motos, o fútbol con padres montando gresca cada día en los campos españoles.

Pero ¿saben una cosa? Lo mejor de Celada no es cómo ni cuánto corre; no es que sea el futuro del atletismo nacional, ni una flecha perfecta en la pista o en el campo. Lo mejor es su humildad, su pasión por lo que hace y sus ganas de mostrarlo a los demás. Lo mejor es poder ver a los chavales (y chavalas) del Club de Atletismo de Astorga mirándolo ‘embobados’ cada vez que aparece para llevar un entrenamiento. Para ellos es un ejemplo en todo, en el deporte pero también en los valores que inculca. Señores del Ayuntamiento apoyen a los deportistas que destaquen y se merezcan un futuro, pero apóyenlos a todos, por favor.

Diario de un cuidador (Día mundial contra el Cáncer)

“Esto ya se termina”, me decía entre fuertes dolores, que apenas el inhalador de morfina conseguía detener. Hacía tiempo que no se movía casi nada. A pulso, sacando fuerza de flaqueza y con mis brazos abrazando su aún corpulento torso conseguía incorporarlo un poco en la cama. El antibiótico, que lo único que hizo fue reventarlo más, debía tomarlo así, y esperar unos 20 minutos antes de volver a echarse completamente. Algo tan simple como recostarse, tomar una pastilla y permanecer de esa forma un rato se volvía una odisea insuperable en aquel momento. Solo conseguía erguirle ligeramente y tras unos segundos de aquel estulto suplicio su mirada me imploraba clemencia. “Aguanta un poquito más”, le reñía. Era incapaz, y yo, consciente del sufrimiento, acababa anteponiendo su alivio inmediato a los posibles beneficios de aquella pastilla. A las pocas horas la vomitaba entera, sin digerir, o la expulsaba de la otra manera posible, también íntegra. Llega un punto en la enfermedad de una persona donde el cuidador debe tomar decisiones, debe elegir y ese momento no es fácil. Llega un instante en que sabes que la vida de tu familiar se va, y la medicina ya no da para más, así que lo cuidas no para ganar minutos a la muerte, sino para ganárselos a la vida.

En sus últimos meses, mi vida, la vida de un cuidador a cargo de una persona con un cáncer terminal, estuvo gobernada por los horarios y las necesidades del enfermo. Y te adecuas como puedes. Recuerdo que el fabuloso médico de paliativos me insistía mucho en la frase: “no adaptes tu vida a las pastillas, adapta las pastillas a tu vida”. Bonita, pero complicada cuando son 16 al día, dos jarabes y varias cremas para intentar paliar esas dichosas escaras, que comienzan a morder la piel y ya no hay quien las detenga. Se lo comen por dentro, y se lo comen por fuera. Vives pendiente de un cuadrante pegado a la nevera: a las 8 el protector, la palexia, paracetamol, sevredol, antibiótico, jarabe. Antes de comer la morfina, para atenuar el dolor que llegará cuando se intente mover, a las cuatro de nuevo la retahíla de medicamentos, añadiendo los corticoides, el antidepresivo… jarabe para los hongos de la boca cada vez que toma algo. Tras la cena sumas el relajante, para que al menos la noche sea refugio y no pesadilla. Día tras día el cuidador abandona su vida para intentar alargar la del ser querido.

Y escuchas muchos lamentos a tu alrededor; gente que se compadece de tu desgracia, ‘listos’ que te ponen la mano en el hombro y te sueltan ‘perlas’ como “vaya papeleta te ha caído”, “menudo esfuerzo estarás haciendo”, y ésta, que es la frase reina: “no te preocupes, llegarán tiempos mejores”. Olé. Para ‘paliar’ este tipo de comentarios existen por suerte otras personas que simplemente te llevan unos dulces para acompañar tomando un café, o una crema hidratante que han escuchado es muy buena o te ayudan a hacerle la cena al enfermo, o te distraen contando alguna tontería, que es sin embargo todo lo que necesitas en esos momentos. Ya saben: ‘que tus palabras sean mejores que tus silencios, de lo contrario calla’. Más de uno debería aplicárselo.

Cuidar a una persona enferma es una de las experiencias más gratificantes que existen. Su vida en tus manos. Una responsabilidad convertida en un acto de amor y fe como pocos. Mi recuerdo en este día para todos esos cuidadores; todas esas personas que lo son un poco más, porque creo firmemente que cuidar te humaniza, te hace más persona, más ciudadano, te quita mucha tontería de encima, ayuda a relativizar los problemas y sobre todo a apreciar los pequeños momentos de felicidad… casi nada oiga. Aquellos que decidieron dedicar su vida, por el motivo que sea, impuesto o voluntario, vocación o devoción, a cuidar a otro ya tienen otra pasta encima. Sea un año o diez, ya son de otra cuerda, de otra piel. Si les toca, ojalá que no, nunca renieguen de hacerlo con todo el cariño que puedan. Bueno para el enfermo, bueno para el cuidador.

La cucharilla de Raquel #anasiguesinllegar

Cuando logras derribar un muro con una cucharilla y ves que detrás hay otro igual de alto y grueso que impide que llegues a tu destino tienes dos opciones; volver a poner recto el cubierto y empezar a golpear otra vez o dejarlo caer al suelo, junto con el ánimo y la esperanza. La hermana de Ana, Raquel, ha optado por lo primero, y con esa cucharilla, y ella sola, está golpeando de nuevo la pared que se han empeñado en levantar las administraciones sanitarias con los usuarios a cada instante.

Ana, astorgana, en coma desde el pasado mes de agosto e ingresada en el hospital Can Misses de Ibiza sigue sin regresar a su casa, a pesar de las promesas de traerla. Recordarán que hace 20 días se publicaba su historia en este blog, también en otros medios como ‘El Día de León’ o ‘El Diario de Ibiza’. Todo se puso en marcha entonces, tal y como un médico de la mencionada clínica le insinuó a Raquel Pérez, “no sé si habrá sido por la publicación pero el proceso se ha acelerado”. Claro que fue por eso. En este país nada se pone en marcha hasta que no sale en los papeles; todo eran largas, y en lo que tarda una rotativa en imprimir se pasó de un “no sabemos”, “no te podemos decir”, “estamos pendientes de autorización” a una llamada el pasado tres de enero diciendo que ese mismo día Ana iba a ser por fin trasladada a León. Así, todo deprisa, todo corriendo y cogiendo a la familia totalmente desprevenida. Y cuando parece que el muro por fin se ha caído, ladrillo a ladrillo, otro por detrás ya se construye a la velocidad de la luz. Un par de horas después, y como de una broma se tratase, vuelven a llamar para decir que no, que el traslado será el día nueve.

Efectivamente, han acertado, el día nueve tampoco fue. Raquel y su cucharilla vuelven a enfrentarse a los tanques de la administración, a un ejército de incompetentes que deshumanizan todo lo que tocan, todo el proceso, que vuelven a poner al ente público en niveles bananeros. Y vuelta a rascar. De los tortazos con Ibiza pasamos al segundo ‘round’ con León. Departamento de medicina interna, departamento de traslados, altas, crónicos, agudos, gerencia, dirección médica, admisión… pero la señora Pérez y su cucharilla mágica siguen rascando, cada día, cada mañana, con cada funcionario hasta que consigue una tibia promesa que anuncia que el mismísimo gerente del Hospital Universitario de León la va a llamar para darle toda la información. Ella y su familia, al final, es lo único que piden. Esa llamada todavía no se ha producido pero ya es otra pequeña victoria.

Nadie duda de la excusa. “La epidemia de gripe ha dejado sin camas el centro médico, cuando pase se traerá a la paciente”. Vale, aceptamos barco como animal acuático. Pero tan difícil, tan complicado es informar a una familia sobre este proceso que parece nunca va a terminar. Tanto esfuerzo es que algún responsable se ponga al teléfono y hable claro. Raquel no pide fechas, solo pide atención y humanidad; información y un poco de tacto. Hace años mis padres me contaban un caso totalmente similar al de Ana ocurrido tiempo atrás, donde se supone todo era más precario. 24 horas tardaron en trasladar a la paciente de Ibiza a León desde la petición familiar, 24 horas, repito. ¿La diferencia? Dicha familia, en su derecho estaba y muy bien que ejerció esa opción (todos lo hubiéramos hecho), era íntima del señor Abel Matutes, quien puso a disposición su avión privado. En España un buen contacto es imprescindible para muchas cosas, ésta entre ellas, y no con ello quiero expresar que hubiera algún tipo de irregularidad, todo lo contrario, simplemente y como afirma el dicho: ‘en este país quien no tiene padrino no se casa’.

Volvemos a los papeles querida Raquel, y volveremos a utilizar la pluma como espada tantas veces sea menester. El ejemplo lo estás danto tú cada día con tu fuerza, tesón y esperanza. Con esa lucha contra el abismo que vas a ganar portando solo una cucharilla, que derriba muros como si de cien cañones por banda se tratara. #anasiguesinllegar #anavuelveacasa.

Ana Pérez solo quiere regresar

Ana quiere despertar de este maldito sueño. No puede. No la dejan. Sus grandes ojos verdes miran pero no ven. Sus manos quieren agarrar pero no se sostienen. La vida tenía reservada una fatal noticia para ella, para los suyos. La naturaleza quiso jugarle una mala pasada, pero la idiotez del hombre ha terminado de rematar la tragedia. El egoísmo, la estupidez y la falta de sensibilidad de las administraciones asfixian en un proceso ya lento y penoso.

Ana, astorgana, jefa de cocina en un restaurante, ibicenca de adopción, recién pasados los cuarenta, de sólido carácter y con un punto roquero, sufría un brutal infarto hace cuatro meses. Una bomba estalló en su corazón dejando su vida en un pequeño hilo. Sin actividad cerebral, Ana fue salvada ‘in extremis’ por cuatro policías que durante más de media hora bombearon su pecho sin descanso. Un acto que le valió la vida pero que no la sacó del coma, que la ha postrado desde este cálido y mediterráneo mes de agosto en la cama de un hospital de la isla de la luz, que ahora solo tiñe en gris. Un proceso en el que no ha habido mejoría clara, pero la desesperanza no es algo que entre en sus planes, ni tampoco en los de su familia. Una familia, los Pérez, que solo pide una cosa: que Ana vuelva a casa. Que regrese a León para ser cuidada, para poder ser atendida por sus padres María y Casimiro, por su hermana Raquel, por Juan, su entregado marido, también por su tía Josefa, que con 90 años está deseando que Ana regrese, por sus amigos… ¿Es tanto pedir? Parece que sí.

A esta historia, ya cruel y dolorosa por sí misma, la burocracia, prepotencia e imbecilidad de algunos de los que dicen cuidar nuestra salud y bienestar la están convirtiendo en un laberinto infranqueable de llamadas, papeles, ‘dimes y diretes’ entre médicos, asistentes sociales y administrativos que solo agravan la pena, la rabia y el dolor de unas personas que ruegan un traslado de hospital. Repito ¿es tanto pedir? En esta España, donde irresponsables de concurso han querido hacerse cargo de competencias que les quedan demasiado grandes, nuestros políticos se hinchan hablando del Estado del Bienestar, de nuestro moderno y avanzado método, ocurren estos casos y estas cosas. Una leonesa residente en Ibiza cae en un profundo coma y en cuatro meses nadie es capaz de dar una solución para completar su vuelta a casa.

Pero vamos más allá. Su estoica hermana, viajando incansable cada dos semanas a la isla, y su marido, cuya vida solo se ciñe ya a los pies de una cama, al cuidado integral de Ana, al abandono de toda vida pasada, laboral y personal, con un solo objetivo, han tenido que soportar a algunos (no todos, menos mal) profesionales sanitarios (lejos de serlo) menospreciando su problema, hablando poco menos de ‘un caso perdido’, de una paciente para la que, al menos así lo dan a entender, no hay más opción que dejarla morir. ¿De verdad quieren que haga eso? Creo en la palabra ‘empatía’ y creo que a muchos facultativos les vendría mejor menos clases de anatomía y más de sensibilidad, de ponerse en la piel del otro. Manden ese muro que dicen deben construir a tomar viento de vez en cuando. Hagan como ese oncólogo americano que cada vez que se le muere un paciente llora una semana. Háganlo coño, aunque sea por una vez. Empaticen con una familia rota por el dolor y que tan solo pide, lo repito otra vez por si no ha quedado claro, que acerquen a Ana a casa.

Del médico de urgencias al de la UCI, luego al responsable de planta, de éste al jefe de sección y de ahí al director de Medicina Interna, unos cuantos médicos más, amén de varias enfermeras, cuyo concurso en esta historia está siendo, por cierto, ejemplar (viva ese colectivo), para llegar a la asistente social del centro hospitalario, que parece entabla los contactos con León, o eso dice. Todo encauzado hasta que la señora se pone de vacaciones… y nadie sabe nada. En atención al paciente les suena a chino la historia y vuelta a empezar. Una carta por aquí, un ‘no tengo ni idea de cuándo se reincorpora la asistente’ por allá… y una gente destrozada, una paciente olvidada a su suerte y un poco más de pena en este perro mundo, que a veces es para tirarlo a la basura con todo dentro. Comités médicos, gerencias de salud, helicópteros medicalizados… parece todo muy complicado.

Señores del Hospital Can Misses de Ibiza, sean decentes y compasivos y atiendan la petición de una familia que quiere a su hija, a su hermana, a su amiga…cerca de ellos. Que llevan 120 días sumidos en una profunda pesadilla que ha cambiado sus vidas. O al menos muestren otra cara, tengan un poco de interés, que nadie duda de la complejidad del proceso, de las fechas actuales. La familia ya no pide plazos concretos, ni tiempo récord, solo piden información y un poco de atención. Por profesionalidad, dignidad y humanidad no traten a una persona que está en coma, con su vida al borde del abismo, como si fuera un bulto molesto. Se llama Ana Isabel, tiene 40 años y es de Astorga. Ella está combatiendo a brazo partido cada segundo de cada hora de cada día. Ahora, lo que queremos para ella siga en su pelea por la vida, tenaz luchadora, es que la trasladen al Hospital Universitario de León, para que la batalla se afronte entre todos. Perdonen la insistencia, de verdad, ¿es tanto pedir que la manden a casa de una vez? #anavuelveacasa.

Aquí están (estos son) los bomberos de León

Así, con un buen capote ha toreado la Diputación Provincial el asunto de los parques comarcales de bomberos en León. Muletazo para acá, muletazo para allá. El señor presidente, Martinez Majo, advierte, meses después de la fecha prometida para el anuncio, que la manera en que se ha hecho era la única “legal” posible, algo, digamos, matizable. En cualquier caso, parafraseando el popular dicho de la tierrina, “aquí están, estos son, los bomberos de León”. Una fórmula a medio camino entre lo público y lo privado, más tirando a lo segundo. Desde luego vista la gestión de los bomberos forestales, las famosas Brif, podemos rogar al cielo que tengan más tino con los urbanos. Recemos para que en unos años no veamos huelgas, sueldos miserables, condiciones de trabajo lamentables, familias pendientes del ‘ahora sí, ahora no’, porque la empresa de turno quiera sacar rédito del dinerito público a costa de empobrecer el servicio. Un servicio, como pasa con otros como la conservación de carreteras, por ejemplo, que tiende al enriquecimiento de algunos, las malas condiciones de otros y el empobrecimiento, en toda la amplitud de la palabra, de todos sus usuarios.

No seamos mal pensados señores, veamos, al menos de momento, a unos fornidos bomberos apagando fuegos, atendiendo accidentes, inundaciones o bajando gatitos del árbol, contentos y felices porque tienen un sueldo acorde a su categoría, una categoría acorde a su desempeño y un feliz desempeño con suficientes medios y materiales a su alcance. Y todo, por supuesto, a su debido tiempo, llegando puntuales a los siniestros, evitando males mayores, cosa a deber en las salidas de los profesionales de la capital, como es lógico. Veremos. Lo que de momento es un despropósito, y difícil veo que se corrija, es la ubicación para uno de los parques principales, que tiene que atender a las localidades de Astorga, La Bañeza y sus comarcas, y subrayen esta última palabra. Y lo digo yo, que tengo mi residencia habitual en Astorga, y que si se me quema la casa (por segunda vez) siempre será mejor para mis intereses que el parque más cercano esté a dos kilómetros que a 20.

Pero oigan, seamos sensatos. El terreno de las antiguas instalaciones de Fundosa en Celada de la Vega, que por cierto es privado, no es la mejor ubicación. Por cuestiones demográficas, de probabilidad, de estadística e incluso morales, la instalación debería acercarse más a La Bañeza, el Paramo, La Cabrera… Riego no era mala solución, aunque tampoco la mejor. Y digo esto en primer lugar porque la zona de La Bañeza / Páramo tiene más población y más industria, más explotaciones y más concentración de naves. En segundo lugar los siniestros urbanos han golpeado en los últimos años más esta zona, precisamente por lo expuesto anteriormente; siguiendo por la distancia. Fíjense si los bomberos tienen que acudir a Alija del Infantado, Castrocontrigo, Truchas, Santa María del Páramo… el parque de bomberos cerca de la Maragatería (y lo dice este escribiente con casa en Santiagomillas) o la Cepeda está muy bien, pero comparen ratios de población. Es una cuestión de buscar el punto más equidistante, y también más sensato. Me pregunto donde se hubiera colocado este parque (mismos técnicos redactores del plan mediante) si la Diputación hubiera estado en manos del Psoe, o si el Consistorio bañezano fuera regido por el PP.

Luego entra la cuestión moral. La zona bañezana ha peleado por ese parque con uñas y dientes, golpeada duramente en empresas como Gus, Hipermueble (en Riego) o Embutidos Rodríguez (Soto de la Vega), por no hablar del fallecido en La Bañeza hace un par de años o el edificio calcinado la noche vieja pasada en el centro de la antigua Bedunia. Desde luego en Astorga no he visto nunca un movimiento social tan reivindicativo con el asunto. En cualquier caso ‘chapó’ para el ejecutivo maragato, su objetivo (como el de los bañezanos) era llevar el parque a su ciudad y lo han logrado. Creo que la mejor, aunque improbable (por no decir imposible), opción pasa por dejar el servicio en Astorga pero dotar también a su vecina localidad de bomberos profesionales (aunque no haya 16), no solo los aguerridos voluntarios, que bastantes fuegos apagan ya. Pero claro, no hay dinero y me parece que tampoco voluntad política. En León como casi siempre las cosas las hacemos peor de lo que deberíamos. Y ya no sé si es cuestión de genética o de simple tontuna.

‘La Noche Astorgana’

Como si del filtro que convierte el día en la noche se tratara, Astorga despereza ahora sus calles antes de que las farolas iluminen su parcela. La técnica cinematográfica ‘la noche americana’, usada en muchas ocasiones en el Hollywood clásico para rodar a plena luz del día como si de la noche más parda se tratara, parece aplicada en los últimos tiempos en la muy noble, que llena de ocio bares y tabernas cuando aún la tarde recibe su nombre, quedando desierta unas horas después. Al menos esa es mi sensación, compartida también con algunos compadres el pasado sábado. Recuerdo no hace muchos años, aunque sí más de los que me gustaría, como tirado en el sofá esperaba que dieran las doce o la una en el reloj del pasillo para poder salir de marcha; antes de esas horas calles vacías y locales a medio abrir, pasando aún la ginebra por la barra con un trapo húmedo.

En ‘La Parrilla’, a las doce, podías ver a Pepín y su ‘tropa’ tomando el primer chupito con ‘la máquina’ pegada a la columna aún por encender; con las cámaras todavía enfriando las botellas de Coca-Cola apiladas y esperando los primeros clientes. Tres horas después apenas podías arrinconarte entre la puerta de los baños y la barra, en un estrecho pasillo, lugar de anchas historias. Desde esa perspectiva aún veo decenas de cabezas (y cabezos) inclinándose para beber de los míticos vasos de tubo, que apenas contenían una raja de limón y cuyos hielos solo eran solo un frío recuerdo. Una densa nube de humo, que teñía el ambiente, terminaba de componer la escena, que no necesitaba de ningún filtro. Piensen ahora como ha cambiado el panorama. Con copas de balón, hielos tipo iceberg y la frutería ‘Manoli’ metida dentro. Con el aire diáfano y los olores propios de las vergüenzas ajenas (casi prefería envenenarme con tabaco). Todo muy civilizado pero muy poco nocturno.

El ‘Ya Nunca’ te recibía a media noche (esto es las tres o cuatro de la mañana) con Canqui sujetándose unas gafas que a día de hoy no se le han caído, he ahí su magia. Es el único refugio del pasado que queda en Astorga, al menos en apariencia, Dios lo conserve muchos años. Allí te encontrabas todas las generaciones a las que ibas a seguir los pasos, por mucho que en ese momento renegaras. Los ‘Simpas’ dándole al futbolín; los ‘pochos’ llenando la trasera, los amigos del ‘vente de copas’ dándote algún codazo, “ya te llegará chaval, pero no ahora” parecían decirnos todos ellos.

Suerte tuvieron de tener gente a la que mirar en ese templo del bebercio por encima del hombro, los de mi quinta ya no la disfrutamos, no pudimos seguir la tradición de dar paso. Creo que los del setenta y muchos hasta el ochenta y muy pocos cerramos la puerta de la vieja Astorga que Fabián y compañía habían empezado en el mítico ‘Rompetetas’ décadas atrás. Una Astorga de noche, barras, humo, whisky y ron, de cena rápida en la cocina y desayuno lento en el Correos, de sentadas en Fátima y miradas furtivas.

Ahora, como digo, lo que ‘pinta’, también en la bimilenaria, es tomar unas cañas de tarde, en bares con decoración industrial y grandes plantas; con ‘pintxos’ de base de patata con micuit de morcilla y tal. En los puñeteros gastrobares y la madre que los parió. Sentarse en la terraza al lado de una moderna estufa y disfrutar de una cerveza artesana de bodega, o bien de un Rioja, o un Godello, todo en fina copa y metiendo napia antes, no sea. Fotos, muchas fotos, ‘selfies’ de gente guapa brindando, mostrando la delicia culinaria de turno a todo ‘Instagram’. Todo rematadamente ‘cool’. Tras el tapeo un Gin – Tonic de esos que tardan dos horas y media en preparar y sábado listo. Para casa, que el domingo por la mañana hay que salir a correr, perdón, a darle al ‘running’. Y oiga, no es malo, es distinto, quizás más sano, aunque menos auténtico y con mucha más dosis de estupidez. Astorga se ha subido al carro que tan de moda está poniendo León. Yo echo de menos las grandes ‘noches de copas’ en las que antes lo de menos eran precisamente las copas. El sábado pasado, viendo las calles casi vacías, los bares desiertos a las tres de la mañana y ni una pizca de humo en el ambiente pensé en todo esto. Ahora, por desgracia, a la noche también se le pone filtro.

Agárrate a ese instante

No lo sueltes; fíjalo con fuerza y vívelo al momento. Sea pequeño; sea aislado o duradero. Sea intenso o dulce, modesto o indiscreto; sea mientras estás de vacaciones o en el trabajo, en tu casa, en un bar o en una estación de tren. Agárralo con ganas y vívelo porque ese dichoso instante ya no va a volver nunca más.

Yo tardé en saberlo, en aprenderlo. Pasé la enfermedad de mi madre lamentando nuestra mala suerte y nuestra desgracia, sin aprovechar aquellos ratos buenos, que los hubo, para, simplemente, disfrutarlos, ser feliz a pequeñas píldoras. Una conversación, una sonrisa, una tarde sin dolor. Miraba al futuro, suspiraba por su recuperación al plazo que fuera, ansiaba la felicidad larga, duradera y definitiva. Cuán equivocado estaba. La vida nunca fue así. Todo esto es un conjunto de momentos que o los coges y los saboreas o se van, para nunca más volver. El que espera difícilmente podrá obtenerlos. El día que me di cuenta que acariciando su cara podía compartir con ella un buen momento fue tarde. No duró mucho más. Se marchó y yo me quedé como un idiota, sin haber sacado al aire todas esas pequeñas cosas que al final constituyen los buenos momentos de la vida, por dura que esta sea.

Con mi padre no me pasó. Le saqué todo el jugo que pude. Cada día saboreo, y nunca mejor dicho, una comida que mi hermana y yo compartimos con él. Restaban quince días para su muerte y sentado en su silla de ruedas y sin apenas probar bocado, estaba feliz viéndonos degustar un plato, y así nos lo hizo saber, apenas ya sin voz; un susurro que tronó en nuestros oídos a pesar de la algarabía del local. Y yo era feliz viendo a él serlo y estarlo. Pude detener el tiempo, agarrar ese instante y abrir el archivo para darle a guardar. Era un hombre con una enfermedad terrible, que lo iba a matar en tan solo unos días, fin que ya intuía pero sí, era feliz simplemente viendo a sus hijos tomar con apetito el almuerzo en un restaurante.

Un paseo en coche, de Santiagomillas a Astorga, la última vez que pisó su querida casa del pueblo. Un rato sin dolor, un instante para hablar de cosas banales: del Real Madrid, de comprar un colchón nuevo, de esa carretera que no tiene ni un maldito punto donde se pueda adelantar. Estaba viviendo ese ‘tonto’ momento en el ocaso de aquella tarde de septiembre y me estaba pareciendo algo maravilloso; felicidad pura. Son ejemplos de los muchos que pude capturar en unos meses, porque había aprendido a hacerlo a base de los ‘tortazos’ de esta perra vida.

Conducir con mi padre al lado, ya ves (perdón el tuteo, por esta vez); la felicidad llega cuando se está buscando más que cuando se encuentra. Por eso te digo, hazme caso que sé de lo que hablo, por desgracia. Agarra fuerte ese instante, sea donde sea pero que sea con alguien de verdad. Deja de perder el tiempo con gente que jamás te lo va a agradecer ni a valorar.

Corre a pasar una tarde con tu madre en el salón de casa, con tu hermana en la plaza o con quien quieras y te quiera, en cualquier rincón del mundo. Macera las simples palabras; aquellos gestos de calor. Una mano en la pierna o un cachete en el hombro. Mételo en vinagre y consérvalo todo lo que puedas, porque algún día quizás lo eches de menos y te arrepientas de no haberlo hecho.

Fiscalizábamos Astorga

Antes lo hacíamos, poníamos el dedo en la llaga; para ser exactos, nuestros maestros en esto de contar noticias lo hacían, y lo manejaban con respeto e incluso con cariño, pero sin titubeos. Ahora parece que una especie de arrogante comodidad nos ha invadido a todos, que mecemos esas fantásticas notas de prensa con foto y corte incluido que nos mandan desde la ‘Casona’, la Junta o la Diputación, amén de empresas varias. Párrafo para arriba, unas cuantas palabras para abajo y listo. Sin preguntar apenas el porqué y el porqué no. Sin dar media vuelta a las cosas, arrastrados muchas veces por esas líneas editoriales de nuestros medios que a su vez escriben los cheques recibidos por el partido, la empresa o la administración de turno. De eso comemos, nos tranquilizamos, pensando que no tenemos más opción que hacerlo, y en gran parte así es, pero no por ello es menos triste.

Desde hace más de un año veo que los medios locales, servidor incluido, más que contar noticias parece que estamos haciendo campaña. Articulo a artículo, reportaje a reportaje doramos la píldora a un equipo de Gobierno que está haciendo muchas cosas bien, no hay por qué negarlo, y hay que dar cuenta; pero una de las máximas responsabilidades de los informadores es hablar sobre lo que no va tan bien, sobre lo que falla, lo que se intenta y no se consigue o sobre lo que ni siquiera se intenta. Y eso no lo estamos haciendo. Recuerdo en este punto a dos ‘profes’ del ‘te mato con la pluma antes de invitarte a un café’ como eran Maite Almanza y Polo Fuertes, con los que estaba el gran Quique Ramos, quien sigue en la brecha, escribiendo menos de lo que seguramente le gustaría. Ojalá alguien vuelva a dejar a los periodistas serlo; en El Faro, Diario o el medio que sea. Hay que fiscalizar la labor de las instituciones, debemos ser notarios de lo que está pasando, no de lo que unos pocos quieren que pase.

No desesperemos, gente como Toñi Reinares, de AstorgaRedaccion, está en ello. Una de las pocas que se atreven a contar los trapos sucios, que los hay, de esto llamado información local. Las consecuencias para ella han sido devastadoras, viéndose relegada a una ridícula aportación del Consistorio para publicidad en su medio, comparado con otro que, curiosamente, tiene menos audiencia, pero que hace una increíble campaña de promoción. Reinares tiene menos en el bolsillo y más en la conciencia periodística, no lo duden. También Ana Valencia ha mostrado la patita en las páginas del decano de la prensa leonesa. Y han llovido palos, al igual que al que suscribe, que desde esta ventana, de momento libre e independiente, ha intentado contar las cosas buenas y malas, mejores y peores de esta nuestra querida Astorga. Ojalá volvamos a fiscalizar como lo hacían Maite y Polo, que verán allá donde estén que esto del periodismo se está convirtiendo en un arma de los fuertes, no de los débiles, como siempre debería haber sido.

Me convertí en hijo cuando cuidé a mi padre

En menos de año y medio me veo otra vez en este lugar, dirigiéndome a ustedes para mostrarles mi gratitud. Teniendo que tragar saliva a litros para volver a escribir estas pocas líneas sin desmoronarme. Como les dije en aquella ocasión: espero lograrlo, y si no, ustedes lo entenderán.

Hace algunas semanas mi padre mostraba su pulgar hacia abajo, indicando, cual gladiador abatido, que era hora de saludar antes de morir. Ese era su deseo, más poderoso que sus hijos o sus nietos, más fuerte que cualquier medicina. Inquebrantable aspiración a la que quería llegar sin demasiada demora, por mucho que nos empeñáramos en burlar un poco más su destino los que estábamos a su lado. Lolina, como decía él, lo estaba esperando y mi padre solo pensaba en subir todos esos peldaños. Y ascendió, con paz, tranquilidad y sosiego. Ayudado siempre por ella, que no lo dejó sufrir ni un instante más del necesario, que ya fue mucho.

Lejos de lamentarse, lejos de desfallecer… es hora de dar las gracias. Y darle las gracias, en primer lugar por dejarme cuidarle. Y es que ahora sé (gracias a la doctora Gema, nuestro Ángel de la Guarda) que uno no es hijo hasta que no cuida a sus padres. Para mí ha sido un honor, y un orgullo, escuchar como la enfermera me decía que no quería hacer tal o cual cosa hasta que yo no llegara de trabajar. Como posó en mis manos su vida entera. Es un acto de amor como nunca había visto. Haber podido vivirlo, aún bajo la tormenta, ha sido una de las experiencias más importantes de mi vida. Escribo por su puesto también con el puño de mi hermana Estefanía, mi gran pilar en esta triste época.

Gracias papá por todo lo que has sido, por tu bondad y por tu pasión por nosotros. Gracias por enseñarme a vivir con mis defectos y virtudes, con mis penas y alegrías. Gracias por combatir mi mal genio con tus enfados de cinco minutos, que mostraban siempre la otra mejilla. Y lejos de cosas tan trascendentales, tan vitales, tan manidas en muchas casos pero no por ello menos ciertas, gracias por enseñarme todos esos pequeños placeres de la vida. Como las películas de Jonh Ford, las tardes en Santiagomillas o el arroz caldoso con verduras.

Gracias por tus desvelos, tus esperas y tu infinita paciencia, que nunca se agotó. Demostraste al mundo que se puede vivir sin enemigos, que se pueden decir las cosas más duras sin crueldad, con valor y con respeto siempre. Eso hizo que la gente te quisiera, y apenas pudieras dar un paso por la calle de tu querida Astorga sin saludar a este o aquel.

Hoy, cuando solo se habla de muerte, tengo que dar las gracias a la vida por haberme permitido disfrutar de alguien como tú. Ahora seguiré disfrutando de tu familia, de tus hermanos y sobrinos, mis primos, que nos han demostrado en todo este tiempo ser padres y hermanos para nosotros. Gracias a todos esos luisñones porque han sido un tremendo bastón en este tiempo. Una familia grande en todos los sentidos. La gran familia de un gran tipo.

Ahora, ya con tu querida Loli, échanos un vistazo de vez en cuando a los que quedamos por aquí, no sea que nos tengas que dar un toque de atención. Muéstranos ese camino por el que transitaste porque por él quiero pasar yo también. Si conseguimos hacerlo sabremos que algo bueno dejamos detrás, como hiciste tú. Gracias a todos.