Aquellas maravillosas nevadas

Foncebadón Ene2014
Recuerdo que una vez subiendo del instituto de Astorga, con 16 años aproximadamente, por las escaleras que dan acceso a la muralla, alguien me lanzó una bola de nieve. Me dio en toda la cara, y tuve el pómulo morado una semana. Aquella pelota blanca llevaba una piedra dentro. Un regalo sorpresa estilo kínder pero con mucho más dolor, aunque eso sí, con menos grasas hidrogenadas. Las guerras de bolas se daban varias veces a lo largo de un invierno de entonces, y tampoco hace tanto, oigan, que no soy tan viejo. Astorga recibía la visita blanca mucho más a menudo que ahora, que solo llega el frío, y casi ni eso.

Recuerdo otra ocasión, también hace un porrón de años, en la que dos astorganos, de cuyo nombre me acuerdo pero no lo voy a citar (dado que este blog suma en estos momentos un buen número de visitas), aprovecharon la gran nevada caída para ‘calzarse’ los esquíes y bajar la cuesta del Sol, al lado del albergue de peregrinos y la iglesia de los Padres Redentoristas. Momento curioso aquel, y por qué no decirlo algo bochornoso. Y es que lo peor no fue que esquiaran por la mencionada bajada al barrio de San Andrés, allá cada uno con sus deportes de riesgo. Lo ‘raro’, por decirlo así, fue que a continuación se fueron a tomar una copa, con monos, esquíes y bastones, a un pub de la ciudad cercano a la improvisada pista. Imagínense ustedes la escena.

Las escaleras de piedra por las que se accede a la plaza de San Roque también tuvieron su protagonismo a propósito de la nieve que antes llenaba la ciudad dos o tres veces al año. Cierto día, por aquellos años locos, aburridos (y eso que cursábamos la EGB no la LOGSE) decidimos unos cuantos que sería buena idea coger un plástico y lanzarnos por dicha bajada cubierta del manto blanco en esos días. Uno agarraba el improvisado trineo por los laterales, y otros dos se ‘anclaban’ al conductor. Todo muy estudiado como ven. En principio todo controlado. El problema resultó ser que la capa de nieve no era del mismo grosor y dureza en todo el trayecto, con lo que cada vez que saltábamos de escalón el golpe con las piedras era mayúsculo. Por si fuera poco uno de los pasajeros se soltó, desestabilizando todo el engranaje. Alguno de nosotros comió purés el resto de la semana.

En fin, nada de eso se ve ya, apenas hay posibilidades. Por eso el pasado domingo me acerqué a Foncebadón, viendo maravillado que en la explanada de la Cruz de Ferro un montón de chavales recuperaban sensaciones con medio metro de nieve bajo sus pies. La nieve ya no sigue su camino, pero por lo menos tenemos ese rincón, amén de media Maragatería, donde volver a ver bolas con piedras, esquiadores ‘alternativos’ y plásticos, muchos plásticos surcando el blanco manto. El paisaje inconmensurable, bucólico. Y es que si ustedes no pueden irse a Formigal, Sierra Nevada, los Alpes o Aspen, no lo duden, acudan a este punto del Camino de Santiago. No se van a arrepentir. Más barato, con la misma nieve y menos pijos. Eso sí, sin telesilla. Pero sobre todo podrán recuperar sus recuerdos de aquellas maravillosas nevadas.

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