Cura rico, cura pobre

Pues aquí estamos de nuevo, a la carga. Un par de semanas de ‘barbecho’ hablando de las bondades que deja el fútbol en Astorga y de lo ‘divertido’ que resulta correr por la muy leal y ya me pica todo, queridos lectores. Así que con su permiso y desde el máximo respeto hoy me apetece hablar de nuestra querida curia, y sus altos y dignos dirigentes.

Y yo, mediante este artículo, lo que realmente pretendo es resaltar la labor de la Iglesia. Bueno, mentira. Lo que quiero es destacar el trabajo de algunos de los integrantes de la Iglesia. Labor que tienen, y que hacen. Y es que generalizar es malo, muy malo. Siempre he odiado meter en el mismo saco a gente a la que quizás solo une el hecho de coincidir en la misma empresa, organización, sector u oficio. Ni son malos todos los curas, ni son buenos todos los carteros, por ejemplo. No es justo.

Al lío. Uno de los mayores problemas que tiene la Diócesis de Astorga es su extensión, que llega a tres provincias (León, Zamora y Orense) de dos comunidades autónomas. Eso se une a que estas dos regiones aglutinan la mayor cantidad de pueblos prácticamente de todo el país. En pocas palabras: No hay curas para todos. La organización y distribución de los recursos es indispensable. Y aquí es donde se ve que en nuestra diócesis parece que hay curas ricos, y curas pobres. Curas nobles y curas plebeyos. Curas currantes y otros que no dan palo al agua, dicho pronto y mal.

Y no puedo hablar de zonas del Bierzo, o de Zamora u Orense, pero sí de las comarcas aledañas a Astorga, sede y capital de la diócesis. Y ahí topamos con la ‘nobleza’ de las grandes puertas de nogal, de los suelos de mármol, de los despachos majestuosamente ornamentados. Lejos, infinitamente lejos, de los pequeños municipios asolados por la despoblación, la falta de trabajo, lejos de las personas mayores que todavía los habitan, y que tan solo piden una mínima labor pastoral.

Y en esas están muchos curas de nuestra comarca, a los que rindo mi más sentido homenaje. Con 10, 12, 15 parroquias a su cargo. Que hacen decenas de kilómetros para intentar abarcar y atender la mayor cantidad posible. Curas, ojo a esto, que no tienen 30 ni 40 años. Varios de ellos con más de 60 y 70 que cada domingo, llueva o truene, hiele o abrase, cogen su vehículo para recorrer todos esos pueblos, algunos tan lejanos de la capital como Molinaferrera, o Corporales, o Castrillo de Cabrera, por ejemplo. Curas que visitan enfermos, entierran, dan la misa, atienden en los problemas de la gente. Y que además lo hacen con pasión, devoción y, como no, fe.

Con este panorama no entiendo sin embargo la mala estructura que existe en la diócesis. ¿Por qué algunos sacerdotes tienen 15 parroquias y otros ninguna? Si, es así. Curas que tienen funciones tan complejas y ocupadas como dirigir un seminario vacío, o dirigirse a una juventud a la que no llegan (sí lo hacía el padre Angulo cuando salía los sábados a tomar copas) o coordinar la pastoral litúrgica de esto o lo otro. Curas que no salen de la romana urbe por, esperen que viene una buena, no tener carné de conducir. O sí tenerlo, pero no disponer de coche. ¡Toma ya! Con un par. Y claro, deben pensar: “si hay un tonto que va a quince parroquias, para qué me voy a comprar un coche yo. Con lo bien que estoy paseando por la muralla”. Son varios casos, incomprensible.

Emplazo al señor Obispo a salir de la lujosa sede eclesiástica un poco más y acompañar a estos curas de pueblo en una de sus jornadas, yendo de un lugar a otro, sin parar. Jugándose el alzacuellos en los duros inviernos leoneses, donde en las faldas del Teleno se acumulan 20 centímetros de nieve, que da hasta miedo solo decirlo.

Emplazo a Monseñor Lorenzo a que ponga las pilas a la alta curia astorgana que pasea ociosa mientras sus compañeros desgastan la suela. En estos momentos no hace falta dogma, ni doctrina, ni liturgia. Lo que hace falta es atender al que lo necesita. Estar en Vanidodes, Quintana del Castillo o Santa Colomba de la Vega. Visitar al enfermo, escuchar al anciano que vive en Valdemanzanas decir que la pensión no le da para nada. Comer en pleno invierno con el único habitante de Prada de la Sierra, acompañarle a estar solo. Eso es Iglesia. Esa es su labor. El resto solo son palabras, palabras que se lleva el aire.

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