Desarrollándome ruralmente

Oiga, es llegar la Navidad y me sale un olor a pueblo que me mata del gusto. La niebla que salpica los caminos, las ramas secas, grises y tristes que confieren un paisaje de cuento a estas nuestras comarcas. Lejos de las luces de la gran ciudad, que atraen, no digo que no, y embelesan con su artificio, León huele a leña y escarcha. A nieve y noche. A castañas, lombarda y manzana. Esa que en las casas se acompaña también de nueces. Las pequeñas localidades alumbran lo que pueden, pero lejos de conseguir el efecto deseado, transfieren un tono quejoso y frío, que a mí, por otra parte, me encanta.

Llegar a Foncebadón, donde la taberna de Gaia pone sus platos hechos con hogaza de pan y desde la puerta el mesonero (que así se llama coño, no chef, ni director de restauración, ni jefe de sala, ni sumiller) sacude la nieve de metro y medio de espesor, es todo un lujo al alcance nuestro. La pena es que no lo vemos, no nos percatamos. No miramos más allá de nuestras propias narices, encendidas con un fantoche rojo. Creo que hay veces que nos falta desarrollo para verlo. Nos falta desarrollarnos ruralmente.

Quizás deberíamos mirar más la bombilla que tenemos dentro que las 300.000 que pone el Corte Inglés. Pasear abrigados por los campos, por los caminos, por las calles de nuestras ciudades, sean grandes o pequeñas, con un espíritu que nos permita disfrutar del invierno, no de las 40 marcas que se nos cuelan en la retina cada cinco segundos. Inténtelo.

Estoy harto de los christmas digitales, los brunch en Nochebuena, los gorros rojos, las luces tontas, los panetones, los papás Noel trepando por las fachadas. Hasta los pelos de la gente que es súper navideña pero huye del niño Jesús, el buey y la mula, y pone bolas color oro, turrones de cera y botellas de Moët Chandon por toda la casa, no sea que decida tomarse un sorbito mientras se ducha, o sea y ponerlo al Facebook, venga, todo al Facebook. No caerá la breva que los peces del río sean pirañas y se zampen al maldito Rodolfo el reno.

Que fue de los niños cantando el aguinaldo, las botellas de anís rasca que te rasca, la campana sobre campana…esos niños que disfrutarían el doble tirándose bolas en la Cruz de Ferro que viendo ‘boing’ todo el santo día.

Ruralicemos la Navidad de nuevo, volvamos, aunque sea por un año a colocarnos la bufanda y salir al pueblo, donde la vida ya nunca será como antes, pero eso no significa que no podamos disfrutarla alguna vez.

Lo decía Marisa Rodriguez (socia en la cooperativa del Monte de Tabuyo) en la mesa de desarrollo rural organizada esta semana por Onda Cero. Los hijos de los pueblos no se han ido, los ha echado la propia educación, o la falta de ella. Nadie se desarrolla para ser rural, para sacar trabajo del pueblo. Ella ha conseguido educar a su descendencia para que vuelva al pueblo a poner sus conocimientos adquiridos en pro del desarrollo; pero desgraciadamente es la excepción que confirma la regla.

En León solo hay una ventana abierta al cambio, y ese vano pasa por la incorporación de los jóvenes a la agricultura, que ya se está produciendo. La sociedad nos educa para pensar que el éxito se mide por la altura del edificio donde laboras y quizás el éxito sea otra cosa. Sea saber utilizar la tierra de tu cuna para sacar de ella un futuro. Y que después la decisión de hacerlo o no sea de cada cual.

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