Las dos procesiones de Maruja Quintero

Maruja la del Quintero solo sale de su casa cuando lo hace la Virgen de la Soledad de Puerta de Rey. Es matemático oiga. De año en año. Y así los últimos quince. 91 años la contemplan y más que escasa movilidad lo que la Maruja tiene es una pereza tremenda. Dice con la voz cascada, “para lo que hay que ver ahí fuera…”. Y así tan ancha pasa los días, en su casa de dos plantas del viejo barrio astorgano, cerquita de la plaza de Santo Domingo, esperando Viernes Santo, para coger la vela e irse a la fila, cerquita de la talla, mirando ese manto negro, el palio plata, la bella corona que la engalana.

En el barrio la conocen, pero su fama ya se extiende por el resto de la muy noble. “¿Y quién le lleva alimentos a casa si ella no sale?” Preguntan desde fuera. Benita Añojos, una rapaza de 81 años es todo lo contrario. No queda en casa ni atada. Y compra para ella, y compra para su amiga, que insiste en no salir. Y es que la buena Maruja no se asoma ni al dintel de la puerta. Benita tiene llaves, y entra, nunca mejor dicho, hasta la cocina.

A lo que vamos. El caso es que en este 2015, -año en el que la del Quintero no anda especialmente fina, problemas de bronquios, “como los que llevaron a mi Antonio a la tumba”, dice, le han malogrado el invierno, y aún no se ha recuperado del todo- su querida Soledad sale dos veces en menos de una semana. Turbio se le quedó el rostro cuando supo la noticia la señora Maruja. Benita le tuvo que llevar el Faro Astorgano (al que ellas todavía llaman ‘El Pensamiento’) porque no creía tal cosa. “La Virgen en Viernes Santo”, le espeta. La otra, con buena dosis de paciencia le explica el motivo. Se cumple el bicentenario del Nazareno y por eso se ha programado una procesión única para el sábado 28. Por primera vez en la historia el Nazareno y la Soledad del barrio salen juntos. La viuda del Quintero no pone muy buena cara al asunto. Parece que no le convence la iniciativa, al menos en un primer momento. Pero claro, sale la virgen, sale Maruja, porque tan perezosa es como cabezona se siente.

Así que viéndose mermada físicamente para dos procesiones en seis jornadas la del barrio judío de Astorga, a tres semanas vista, comienza su preparación física. Ella concienzuda sube escaleras varias veces al día, como si del boxeador Balboa se tratara. Quiere acostumbrar las cachas para que la cuesta de Santa Ana no sea el Sinaí. Un año de a paso merma a cualquiera. Ella no es una excepción. Sube que te sube, baja que te baja, bastón en mano, asidero en la otra Maruja está convencida de que logrará un aceptable estado de forma antes del día 28.

Benita, que la ve venir, avisa prudente a su amiga para que tome el asunto con calma, poco caso le hace. Y claro, quedando cuatro días para la procesión la mujer de Antonio Quintero apoya mal el bastón en uno de los peldaños y se precipita escalera abajo. Suerte que solo fueron tres escalones, pero el tobillo izquierdo no se libra. Roto por dos partes. La buena señora, este año y después de 40 ininterrumpidos no acompañará a la Soledad en su paseo de Pasión.

Y la Marujina sentada, mirando hacia el suelo de vieja losa gris, maldice su mala suerte. Respira hondo una y otra vez mientras en su cara asoma alguna lágrima incontenible, de dolor, y de rabia, y de más dolor, y de más rabia. Quitando las lentejas de los viernes, su única costumbre sagrada era el encuentro con la Virgen. Y precisamente este año, con dos procesiones, una de ellas irrepetible. “Mucha mala baba”, le comenta a Benita mientras golpea el piso con el bastón una y otra vez. A la señora ya pocas cosas le hacen ilusión en esta vida. Y la noche de Viernes Santo es una.

Lo que no sabe Maruja es que alguien va a dejar esta noche una flamante silla de ruedas a la puerta de su casa. Una silla caída del cielo, que el sobrino de Benita se va a encargar de empujar. El barrio le ha regalado esa silla, para que acompañe los pasos. Este sábado y el viernes que viene. Ese es el espíritu. Lo que hace la mano derecha no lo sabe la izquierda. Y nadie asumirá ese gesto, asumiéndolo todos a la vez. Aquí, en Puerta Rey, ni Dios se queda sin ver a la Virgen, y mucho menos Maruja la del Quintero.

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