Días de Cine

Me viene en esta ocasión como sobre en mano ‘popular’ (anillo al dedo para los de la LOGSE) el programa cultural que el Ayuntamiento de Astorga ha desarrollado con los centros escolares de la capital maragata durante las últimas jornadas para hablar un poquito de cine, arte éste que para muchos es el séptimo pero que para otros como el que firma sin duda está en la ‘pole position’ de los ítems culturales del ser humano a lo largo de la historia, y eso que apenas sobrepasa los cien años de vida.

El caso es que a través del programa Lumière más de mil alumnos (y alumnas, que no quiero que los progres se me quejen) han podido acercarse a la gran pantalla y sus perennes obras para, de paso que se culturizan un poco más allá de vampiros llorones y millonarios con látigo, aprender educación en valores. Es decir, el cine fuente de conocimiento. Y es que ver las obras de los grandes clásicos europeos, americanos y asiáticos va más allá de conocer las películas en sí. El cine puede dar respuesta de manera precisa, amena y rotunda a muchas necesidades educativas de nuestros escolares. La historia, la política, la naturaleza, la ética, la filosofía, las matemáticas, la literatura, la música, la pintura… para todo hay ejemplos fílmicos, pero también para otros asuntos como la lealtad, la amistad, el amor verdadero o la conciencia ciudadana. El plan Lumière busca esto precisamente, el cine como vehículo conductor de todas estas enseñanzas. Todo ello deriva, según mi opinión, en la necesidad real e inmediata de incorporar al programa lectivo español una asignatura sobre esta materia. Algo que ya se hace en otros lugares del mundo.

Claro, yo tuve la suerte de crecer en una generación que todavía no fue completamente inútil, arrogante e ignorante, y a muchos nos picaba todavía esto del cine con mayúsculas. Aunque en mi caso con mucha más fortuna, ya que mis padres fueron los que me enseñaron las primeras obras maestras de mi vida. Mi familia paterna regentó algunas salas en Astorga y mi padre sabía de qué iba esto. Mi madre pasó una década de su vida, a finales de los 60 y principios de los 70, en Madrid, acudiendo a teatros (a ella también le debo mis primeras lecturas de Ibsen, Strindberg o Pirandello) y salas de cine para ver lo poco que entraba a España de las nuevas vanguardias europeas. Así que el pequeño Sutil creció con películas como La ‘Diligencia’ de Ford o ‘Ladrón de bicicletas’ de De Sica. Casi nada al aparato oiga. Dos ejemplos tan diferentes como geniales en esto que ahora se llama ‘educar en valores’.

Y con el paso del tiempo me doy cuenta de que mis padres, además de no darme donuts y coca colas para merendar (Dios te bendiga mamá), también me inculcaron una determinada cultura audiovisual que me permitió saber quiénes eran esos tipos llamados Welles, Hawks, Hitchcock, Rosellini, Allen, Bergman, Wilder, Lang, Chaplin, Renoir, Buñuel o Berlanga, cuando apenas levantaba un palmo del suelo (aunque reconozco que a George Lucas lo tuve que descubrir yo solito). Películas que sin saberlo me estaban inculcando valores y que me enseñaron todo ello sin un plan de la Unión Europea de por medio. Aún recuerdo esa estantería rojiza con las cintas de VHS que mi padre rotulaba a máquina con santa paciencia y en donde cabalgaban decenas de corceles hacia Monument Valley, junto a James (si, por aquel entonces se pronunciaba Yeims) Stewart mirando por una ventana con su pierna rota y Belmondo y Seberg corriendo en su escapada por Paris.

Ahora que docentes y padres buscan tantas y tan modernas técnicas para infundir en alumnos e hijos adolescentes herramientas para forjar un sólido carácter, a prueba de marcianitos, deberían ir a Media Markt y por tres o cuatro euritos llevarse a casa alguna de estas joyas antes mencionadas. (Fíjense ustedes que esto de las películas en dvd tiene su miga. Ahora por el precio de una buena mierda te puedes llevar a casa tres o cuatro obras maestras). Sea cual sea la necesidad del chaval seguro que hay un director para ella. Háganles en definitiva una oferta que no puedan rechazar.

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