Triste comisario

“Pablo, tu mujer y tu hija están detenidas en la comisaria de León; están acusadas de matar a Isabel Carrasco”.

Creo que no es humanamente posible entender, ni llegar a imaginar lo que el ex responsable de la comisaria de Astorga, Pablo Antonio Martínez, debió de sentir cuando escuchó esas palabras (u otras muy parecidas) aquella tarde de mayo al otro lado del hilo telefónico. Pocas cosas más terribles le pueden suceder a una persona. Pocas cosas peores le pueden pasar a un policía como el hecho de que su propia familia, toda su familia en este caso, haya sido responsable de un asesinato a sangre fría.

Conozco a Pablo por mi madre, que trabajó con él durante bastantes años en la sede de la Policía Nacional en la capital maragata. Un trabajo en la Secretaría de esta administración que proporcionaba bastante contacto con el ‘jefe’, así lo llamaba la señora Loly, en el día a día.

Yo coincidía con él de vez en cuando, sobre todo en actos públicos, también en comisaría, donde se mostraba serio pero afable. Le gustaba socializar en Astorga, salir a tomar vinos, hablar con unos y otros, no siendo quizás el mejor comisario de la historia pero sí una buena persona y un policía decente. Como todos los jefes, tenía sus virtudes y sus carencias; pero siempre desde la profesionalidad y el buen oficio.

Montserrat bajaba de vez en cuando a verle, desde la vivienda ubicada en el propio edificio policial, de nueva construcción. Si Pablo Antonio era un tipo bonachón, apto para cualquier evento ‘gastro-festivo’, pegado al suelo (quizás demasiado); su mujer era todo lo contrario. Me contaba mi madre, en paz esté y por eso narro yo esto, que la esposa del comisario iba de eso, de mujer del jefe. Altiva, despegada, en otra onda de superioridad y con algo raro en la mirada, dicho esto, fíjense, varios años antes de tan fatal desenlace. Montserrat creía merecerse y merecer para su marido algo más, un escalón superior a la jefatura en un ‘pueblo’ de 12.000 habitantes.

De hecho, la mujer del inspector jefe (realmente él no tenía el grado de comisario) no quería vivir en el piso habilitado en la sede policial. Y buscaba los inmuebles mejor situados de la maragata urbe. De hecho el cambio de residencia una vez que la vivienda policial estuvo preparada no gustó a la señora de Pablo Martínez, quien intentó no llevar a cabo dicha mudanza.

La convivencia en Astorga se fue deteriorando, y una vez llegó su hija, Triana, al finalizar sus estudios de Telecomunicaciones, Montserrat vio la oportunidad de poner sus miras en algo más acorde para ella como era la ciudad de León.

Triana, a imagen y semejanza de su madre, fundía junto con ella todo lo que el padre ganaba, y no era raro verla por las mejores tiendas de la capital. Para muestra un botón: Triana se compró un mercedes descapotable que trajo de Alemania y que guardaba en el garaje de la comisaría. Su padre contaba que intentó convencerla para que no se gastara tanto dinero, que cogiera un utilitario más modesto, ya tendría tiempo, decía, (era, y es, al fin y al cabo toda una ingeniera) de Mercedes y BMW. No contó desde luego con el apoyo de Montserrat, que veía con buenos ojos todo ese dispendio.

Pablo no se merece esto. Un hombre que jamás volverá a ver la luz del sol en su vida. Con la pena a cuestas. Seguro que con cierto sentimiento de culpa también. Con el pesar de no haber reconducido la vida de su única hija. De no haber dado un golpe encima de la mesa en su debido momento. Pablo solo se dejó llevar, llenando cada mes la cartera de su mujer y no queriendo saber nada del resto. El comisario triste que vio como los disparos que asesinaron a Isabel Carrasco, también lo mataron a él.

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