Los adoquines del infierno

Al caminar por el centro de Astorga, tus pies se vigilan entre sí, recelosos, desconfiando el uno del otro. El izquierdo mirando a su derecha, el derecho a su izquierda, preguntándose en todo momento donde saltará la maldita liebre, en qué preciso lugar uno pondrá pingando al otro, pantalón incluido. Dónde coño nos dejaremos de llevar bien tú y yo. ¿Será en Eduardo de Castro, quizás en Santocildes? Ya lo saben, pie que pisa charco no se moja él sino el resto del barco.

Piensen; ¿cuántas veces paseando por la muy noble, e imagino que en muchas otras también, ciudad leonesa han pisado un adoquín suelto con agua debajo y se han puesto pingando (el otro zapato, en ocasiones hasta la rodilla contraria)? Incontables seguro. Y es que en días de lluvia (durante o después de la misma) nuestro querido y chapucero eje monumental, tramo que va desde la catedral hasta la iglesia de San Francisco y que vertebra el centro de la urbe, se convierte en una verdadera yincana, un laberinto lleno de ‘minas’ tan complicado de sortear y evitar como un paseo por Kosovo en los años 90.

Numerosas aventuras y leyendas han salpicado, y nunca mejor dicho, el acervo popular a lo largo de los (demasiados) años que lleva la situación tal y como la describo. Historias de todo tipo que tienen como protagonistas esos adoquines que parecen puestos por el ángel negro. Y no me extrañaría que la empresa que los puso así de mal se inspirara en aquella famosa escena de la película Indiana Jones y la última cruzada, donde el no menos famoso arqueólogo, para llegar al Cáliz de la Última Cena, tenía que recorrer un camino de baldosas y formar la palabra ‘Iehová’. ¿Recuerdan verdad?, primero pisó la ‘J’ en vez de la ‘I’ y casi se va sumido a los albores de la tierra. Pues en Astorga es parecido. Si pisas la baldosa equivocada estás casi ‘muerto’.

Como les decía, las historias, verdad o exageración, son muchas. Y empiezo por una que le pasó al que suscribe. Caminaba con cierta prisa, recuerdo, hace unos años por la plaza Santocildes en dirección a la calle Lorenzo Segura cuando ¡zasca! un adoquín suelto chapoteó contra mi medio litro de agua (a mí me lo pareció). No hubiera pasado de un cabreo ordinario si no hubiera sido porque la salpicadura incluía una avispa medio muerta pero lo suficientemente viva para que me picara en la espinilla, sí, hasta ahí llegó el ‘jodío’ bicho. Tuve la pierna un mes como un bote de garbanzos.

También cuentan que al bueno de don Martín, paseando de doce por la plaza Mayor, tal fue la salpicadura que parte del agua que subió se le metió en el bolsillo del chaleco, donde portaba su reloj de cadena, de oro y oro blanco, que había sido de su padre, y de su abuelo, que lo trajo de Ginebra. El sucio líquido hizo su trabajo y arruinó la joya familiar, de incalculable valor. Tan esperpéntico como cierto.

Al bueno de Pedro los adoquines lo llevaron por la calle de la amargura. Pisó uno, salpicó, intentó saltar otro y tropezó, con tan mala fortuna que se le dobló el tobillo, que partió, cayó de morros sobre otro suelto, se partió la nariz y el agua que salpicó su cara le produjo una conjuntivitis de la que aún se acuerda. Este caso así se narra en los mentideros astorganos, ¿exageración? Posiblemente, pero recuerden que la realidad supera normalmente la mejor ficción.

Con el anuncio de que el insigne equipo de gobierno va a reparar estos desperfectos (no creo que todos los necesarios) a don Martín, a Pedro y al que suscribe se nos ha alegrado la cara oiga. Esperemos que no sea solo pan para hoy. Quizás habría que levantar todo el dichoso eje y rehacerlo de nuevo. Pero todo sea para que mis dos pies vuelvan a hablarse. Que lo que mi madre unió al parirme no lo separen los malditos adoquines del infierno.

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