Ojalá no llueva café, ni nada, en el campo

Cuando empecé en esto de contar cosas hace una década, uno de los temas que solía darme mucha pereza era el sector agrario, las noticias del campo. No terminaba de cogerle el tranquillo al asunto. Claro, mal vas si quieres ser redactor de noticias en esta provincia y no te interesa el que posiblemente es motor económico de una región entera. Por suerte, al menos en este caso, la letra con sangre entró y a base de artículos y reportajes por aquello de cobrar a fin de mes, fíjense que tontería, conseguí no solo que me gustara, sino que haya sido uno de los temas recurrentes tanto en mis trabajos por escrito como radiofónicos.

Pasar una mañana entera con Matías Llorente (sindicato UGAL) recorriendo el paramo para preguntar por los robos en las explotaciones, recorrer la Cepeda buscando los famosos topillos que tanto daño hicieron o contar las bondades de ese oro verde llamado lúpulo por la ribera del Órbigo, amén de la biblia que he narrado sobre la remolacha, hizo que el interés profesional se convirtiera en personal. Los agricultores son de otra pasta y se hacen querer, casi todos.

A lo largo de estos años he podido acercarme a esta realidad, dura, sacrificada, primitiva y primigenia pero absolutamente necesaria para el futuro de un pueblo, de todo un mundo. He conocido a sindicalistas, técnicos, políticos y cultivadores, esencia de todo este jaleo rural. Y sí, en este país de eterna picaresca ha habido también mangoneo en este sector, con subvenciones millonarias para tierras en baldío, lo que el propio Llorente llama “agricultores de sofá”, concesiones chapuceras con tuberías que deben aguantar una presión de agua y aguantan la mitad, ingenieros que desoyen al profesional del campo y se pliegan a un papel; de todo, como les digo, pero quiero hoy alabar sobre todo al sector primario, ahora que vienen mal dadas por todos los frentes, sobre todo el Atlántico, que descarga y descarga agua.

Les recomiendo que realicen una excursión por la zona del Páramo, o la Vega del Tuerto, o por la Cepeda, o el Órbigo, incluso Maragatería, tierra de muerta fisonomía donde apenas hay cultivos, y sin embargo ahora podrían poner arrozales. Ver, en esta época de siembra, las fincas sin tractores, anegadas de agua y barro hasta los topes, sin un solo trabajador en ellas, da pena, tristeza y rabia. Y los profesionales mirando al cielo, a la Junta y al banco, al que deben mucho dinero y al que piden una moratoria urgente. Imagínense ustedes que van a la oficina y no pueden trabajar porque la escalera está inundada con seis metros de agua y no pueden subir; a la vez su jefe les dice que si no trabajan no cobran. Fíjense la impotencia absoluta; pues esto es igual.

Los políticos se han apresurado a hacerse la foto correspondiente con cara circunspecta en las fincas paramesas, también se han interesado por el futuro de la remolacha, todo muy guay. Pero vamos a lo de siempre. Los agricultores necesitan acciones concretas e inmediatas. Necesitan leyes y medidas, no proyectos no de ley (PNL) que de poco sirven, y buenas palabras. Apretar las clavijas a los bancos y tomar la iniciativa en temas como el control y los planes de modernización. También la Confederación del Duero (CHD) debe poner un poco más fácil el trato. Y luego, claro, hay que mirar al cielo y rezar. Pero que lo de abajo, lo de la tierra que pisamos y que nos da el fruto, esté bien hecho, coño.

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