“Astorga no es el mejor lugar para dar a conocer tu situación”

El periódico ‘El día de León’ es mi nuevo refugio, como este blog, para contar historias. Después de más de tres años colaborando en ‘La Nueva Crónica’ comienzo esta aventura de nuevo como corresponsal, que es lo que al final he sido durante 10 años (amén de locutor, claro). Lo importante, aquí o allí, es que me sigan dejando contar las cosas que pasan en nuestros pueblos. Historias como la de Alejandro, un astorgano al que la vida dio un tortazo del que se intenta recuperar poco a poco, junto a su mujer y su hijo. Esta es una historia en el umbral de la pobreza. Una historia sobre la ‘burguesía’ astorgana que ha dejado de serlo.

Alejandro, 38 años recién cumplidos, trabajaba en la construcción, en una conocida empresa astorgana que cesó su actividad hace 4 años. Tenía un buen sueldo, acorde con los tiempos de ‘vacas gordas’ del sector. Cerca de 2.000 euros al mes por su trabajo como oficial de obra. Año 2007 y “viviendo muy bien”, según él mismo nos cuenta a través del teléfono, única manera en la que nos permite entrevistarlo; con el ‘manoslibres’ encendido ya que al otro lado también se encuentra su mujer.

Piso a las afueras de la ciudad tipo dúplex, de nueva construcción y con una hipoteca que representaba el 40 % de ese sueldo aproximadamente. Todo a favor para casarse con su novia (que nos pide que no publiquemos su nombre) que trabajaba en aquel momento en una tienda de ropa en León, desplazándose cada día hasta la capital. Otros 1.000 euros para la hucha común. “Salíamos a cenar todos los sábados a buenos sitios de Astorga o Ponferrada, donde tenemos amigos, viajábamos, nos íbamos de ‘finde’…” comenta la mujer de Alejandro. “Eso se terminó hace mucho”, apostilla casi en un susurro. En 2009 tuvieron a su hasta ahora único hijo. Todo un marco de felicidad que, como en cientos de casos, se vino abajo por culpa de la crisis, que también terminó azotando a pequeñas poblaciones.

“La verdad es que no lo vi venir, teníamos mucho trabajo y cuando van bien las cosas no piensas que puedan cambiar”, señala Alejandro, que perdió su empleo en 2009 y desde entonces no ha conseguido una estabilidad laboral, “he hecho algunas cosas (obras) por los pueblos pero poca historia”. Ya hace más de 24 meses que no disfruta de subsidio de desempleo y desde hace más de un año su mujer tampoco trabaja; una vez se terminó su contrato la tienda decidió no renovarla: “es alucinante lo rápido que te cambia la vida”, apunta ella, que no quiere participar demasiado en la charla. “En nuestro caso teníamos algo ahorrado y hemos podido ir pagando al banco, pero ahora ya nos es muy complicado”, dice su marido. Los primeros servicios sociales, como en muchos otros casos, los asumen las familias de los afectados. “Vamos a comer con mis padres cada día pero hace unos meses decidimos empezar a pedir ayudas y apuntarnos a varios programas de Cáritas, fue un trago”, dice Alex, “pero llega un momento en que es más vergonzoso seguir chupando la sangre a tu gente”. Cáritas suministra comida y ropa a esta pareja y su pequeño y también tramita para ellos una ayuda para la hipoteca de la vivienda, que tienen en venta desde hace un tiempo. “Nunca pensé, cuando iba a cenar hace unos años al Serrano (conocido restaurante de la localidad maragata), que tendría que ir a unas cuantas calles de distancia a pedir comida y ropa”. Desde la entidad perteneciente a la diócesis asturicense también les han informado de otros programas para la educación o las ayudas de carácter más específico.

Alejandro permanece unos segundos en silencio cuando se le pregunta por la situación social que les ha generado su nueva condición, por el hecho de tener que pedir para comer ellos y su hijo en una localidad pequeña, donde el cotilleo está a la orden del día. “Desde luego Astorga no es el mejor lugar para dar a conocer tu situación cuando es desesperada”, comenta casi sin terminar de escuchar la pregunta. “Esto es un pueblo y aquí te meten en la urna antes de morir”, argumenta. El joven capataz de obra cuenta que “hay gente que me ha respondido y me ayuda y otra que no, es así de simple, pero lo que más de me jode es tener que escuchar ciertas cosas, cosas que duelen, sobre todo a mi familia”. Parece que ser pobre en un pueblo pequeño es más complicado que en una gran ciudad. “Todo se magnifica aquí, pero también es verdad que la ayuda llega antes, y los gastos de vivir en un lugar como Astorga es posible reducirlos al mínimo y seguir viviendo”, matiza. En la misma línea habla de su deseo de no ser fotografiado para este reportaje, ni querer dar sus apellidos (en el caso de su esposa ni tan siquiera el nombre): “ha habido casos de gente que sale en los periódicos contando sus penas y luego a lo mejor le ofrecen un trabajo, yo prefiero no hacer eso, no quiero dar pena a nadie”, subraya convencido Alejandro, “si me ofrecen algo que sea porque sirvo”.

Ahora, consciente de su situación “solo quiero que mi hijo esté bien, tenga lo necesario y note lo menos posible nuestras penas”. El Ayuntamiento, Cáritas y los servicios sociales de la Junta “son algo más generosos si tienes hijos, procuran ayudarte, pero llegan a donde llegan, tampoco tengo mucho que reprochar”, responde este astorgano. Lejos de lamentarse, Alejandro tiene ganas de salir adelante, “estoy pendiente de un par de cosas” argumenta poniendo un tono más alegre, “quizás sea algo para irme fuera, ya veremos, ahora lo que necesitamos es vender la casa para quitarnos esa puñetera piedra de encima” aludiendo a la hipoteca, que en este tipo de familias es la verdadera losa que no les suele dejar avanzar. “Antes tenía un mínimo salarial del que no concebía bajarme pero ahora ya no estoy para elegir demasiado”; su mujer, que hacía varios minutos que no hablaba, confirma lo dicho por él con un “ahora eligen cuatro”.

La voz de esta pareja transmite pena, dolor y rabia pero también muchas ganas de levantarse y disfrutar de la vida junto a su hijo. Los malos momentos no han hecho mella en la relación, algo que sí ocurre en muchos otros casos como apuntan diversos expertos, y la sensación tras colgar el teléfono es que, sin duda, lo van a conseguir.

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