Agárrate a ese instante

No lo sueltes; fíjalo con fuerza y vívelo al momento. Sea pequeño; sea aislado o duradero. Sea intenso o dulce, modesto o indiscreto; sea mientras estás de vacaciones o en el trabajo, en tu casa, en un bar o en una estación de tren. Agárralo con ganas y vívelo porque ese dichoso instante ya no va a volver nunca más.

Yo tardé en saberlo, en aprenderlo. Pasé la enfermedad de mi madre lamentando nuestra mala suerte y nuestra desgracia, sin aprovechar aquellos ratos buenos, que los hubo, para, simplemente, disfrutarlos, ser feliz a pequeñas píldoras. Una conversación, una sonrisa, una tarde sin dolor. Miraba al futuro, suspiraba por su recuperación al plazo que fuera, ansiaba la felicidad larga, duradera y definitiva. Cuán equivocado estaba. La vida nunca fue así. Todo esto es un conjunto de momentos que o los coges y los saboreas o se van, para nunca más volver. El que espera difícilmente podrá obtenerlos. El día que me di cuenta que acariciando su cara podía compartir con ella un buen momento fue tarde. No duró mucho más. Se marchó y yo me quedé como un idiota, sin haber sacado al aire todas esas pequeñas cosas que al final constituyen los buenos momentos de la vida, por dura que esta sea.

Con mi padre no me pasó. Le saqué todo el jugo que pude. Cada día saboreo, y nunca mejor dicho, una comida que mi hermana y yo compartimos con él. Restaban quince días para su muerte y sentado en su silla de ruedas y sin apenas probar bocado, estaba feliz viéndonos degustar un plato, y así nos lo hizo saber, apenas ya sin voz; un susurro que tronó en nuestros oídos a pesar de la algarabía del local. Y yo era feliz viendo a él serlo y estarlo. Pude detener el tiempo, agarrar ese instante y abrir el archivo para darle a guardar. Era un hombre con una enfermedad terrible, que lo iba a matar en tan solo unos días, fin que ya intuía pero sí, era feliz simplemente viendo a sus hijos tomar con apetito el almuerzo en un restaurante.

Un paseo en coche, de Santiagomillas a Astorga, la última vez que pisó su querida casa del pueblo. Un rato sin dolor, un instante para hablar de cosas banales: del Real Madrid, de comprar un colchón nuevo, de esa carretera que no tiene ni un maldito punto donde se pueda adelantar. Estaba viviendo ese ‘tonto’ momento en el ocaso de aquella tarde de septiembre y me estaba pareciendo algo maravilloso; felicidad pura. Son ejemplos de los muchos que pude capturar en unos meses, porque había aprendido a hacerlo a base de los ‘tortazos’ de esta perra vida.

Conducir con mi padre al lado, ya ves (perdón el tuteo, por esta vez); la felicidad llega cuando se está buscando más que cuando se encuentra. Por eso te digo, hazme caso que sé de lo que hablo, por desgracia. Agarra fuerte ese instante, sea donde sea pero que sea con alguien de verdad. Deja de perder el tiempo con gente que jamás te lo va a agradecer ni a valorar.

Corre a pasar una tarde con tu madre en el salón de casa, con tu hermana en la plaza o con quien quieras y te quiera, en cualquier rincón del mundo. Macera las simples palabras; aquellos gestos de calor. Una mano en la pierna o un cachete en el hombro. Mételo en vinagre y consérvalo todo lo que puedas, porque algún día quizás lo eches de menos y te arrepientas de no haberlo hecho.

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