Diario de un cuidador (Día mundial contra el Cáncer)

“Esto ya se termina”, me decía entre fuertes dolores, que apenas el inhalador de morfina conseguía detener. Hacía tiempo que no se movía casi nada. A pulso, sacando fuerza de flaqueza y con mis brazos abrazando su aún corpulento torso conseguía incorporarlo un poco en la cama. El antibiótico, que lo único que hizo fue reventarlo más, debía tomarlo así, y esperar unos 20 minutos antes de volver a echarse completamente. Algo tan simple como recostarse, tomar una pastilla y permanecer de esa forma un rato se volvía una odisea insuperable en aquel momento. Solo conseguía erguirle ligeramente y tras unos segundos de aquel estulto suplicio su mirada me imploraba clemencia. “Aguanta un poquito más”, le reñía. Era incapaz, y yo, consciente del sufrimiento, acababa anteponiendo su alivio inmediato a los posibles beneficios de aquella pastilla. A las pocas horas la vomitaba entera, sin digerir, o la expulsaba de la otra manera posible, también íntegra. Llega un punto en la enfermedad de una persona donde el cuidador debe tomar decisiones, debe elegir y ese momento no es fácil. Llega un instante en que sabes que la vida de tu familiar se va, y la medicina ya no da para más, así que lo cuidas no para ganar minutos a la muerte, sino para ganárselos a la vida.

En sus últimos meses, mi vida, la vida de un cuidador a cargo de una persona con un cáncer terminal, estuvo gobernada por los horarios y las necesidades del enfermo. Y te adecuas como puedes. Recuerdo que el fabuloso médico de paliativos me insistía mucho en la frase: “no adaptes tu vida a las pastillas, adapta las pastillas a tu vida”. Bonita, pero complicada cuando son 16 al día, dos jarabes y varias cremas para intentar paliar esas dichosas escaras, que comienzan a morder la piel y ya no hay quien las detenga. Se lo comen por dentro, y se lo comen por fuera. Vives pendiente de un cuadrante pegado a la nevera: a las 8 el protector, la palexia, paracetamol, sevredol, antibiótico, jarabe. Antes de comer la morfina, para atenuar el dolor que llegará cuando se intente mover, a las cuatro de nuevo la retahíla de medicamentos, añadiendo los corticoides, el antidepresivo… jarabe para los hongos de la boca cada vez que toma algo. Tras la cena sumas el relajante, para que al menos la noche sea refugio y no pesadilla. Día tras día el cuidador abandona su vida para intentar alargar la del ser querido.

Y escuchas muchos lamentos a tu alrededor; gente que se compadece de tu desgracia, ‘listos’ que te ponen la mano en el hombro y te sueltan ‘perlas’ como “vaya papeleta te ha caído”, “menudo esfuerzo estarás haciendo”, y ésta, que es la frase reina: “no te preocupes, llegarán tiempos mejores”. Olé. Para ‘paliar’ este tipo de comentarios existen por suerte otras personas que simplemente te llevan unos dulces para acompañar tomando un café, o una crema hidratante que han escuchado es muy buena o te ayudan a hacerle la cena al enfermo, o te distraen contando alguna tontería, que es sin embargo todo lo que necesitas en esos momentos. Ya saben: ‘que tus palabras sean mejores que tus silencios, de lo contrario calla’. Más de uno debería aplicárselo.

Cuidar a una persona enferma es una de las experiencias más gratificantes que existen. Su vida en tus manos. Una responsabilidad convertida en un acto de amor y fe como pocos. Mi recuerdo en este día para todos esos cuidadores; todas esas personas que lo son un poco más, porque creo firmemente que cuidar te humaniza, te hace más persona, más ciudadano, te quita mucha tontería de encima, ayuda a relativizar los problemas y sobre todo a apreciar los pequeños momentos de felicidad… casi nada oiga. Aquellos que decidieron dedicar su vida, por el motivo que sea, impuesto o voluntario, vocación o devoción, a cuidar a otro ya tienen otra pasta encima. Sea un año o diez, ya son de otra cuerda, de otra piel. Si les toca, ojalá que no, nunca renieguen de hacerlo con todo el cariño que puedan. Bueno para el enfermo, bueno para el cuidador.

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