Ojos verdes. Tributo a José Luís Alvite

Desde hace años disfrutaba con los relatos de Alvite en Onda Cero, también de su columna en La Razón. Un narrador que nos ha dejado las más bellas metáforas que nunca leí. Una voz desgarradora que siempre me llevaba a las puertas de cualquier antro de Denver, o de Chicago, con un hombre peligroso en las garras de una mujer sin piedad. Cine negro desde el corazón de Galicia.
Y con el descaro y la poca vergüenza que me caracteriza en esta columna y blog, quiero honrar al bueno de Alvite con uno de esos textos que siempre quise escribir y por decoro nunca hice, o mejor dicho, nunca publiqué. Hoy es el día, muñeca.

Esos ojos verdes me llevaron por la calle de la perdición, como la langosta que sale a la arena de la playa para no volver jamás al mar. Como ese niño que cruza el escaparate del eterno camión de bomberos colocado en él. Como aquella rosa que vas a tomar aún sabiendo que sus pinchos se van a clavar en tus dedos. Una calle angosta y fría brota hoy en el recuerdo de un día para el olvido.

Con Dumbar susurrándome al oído cosas que no quería oír, me encontré con sus ojos que se posaron sobre los míos, maltratándolos, haciéndolos añicos, como una piedra de arena en un puño cerrado. La luz de la farola sombreaba su pálida cara en aquella noche en la que me preguntó ‘por qué’, antes de decirle ‘no lo sé’. Venía tiempo ha el que mantenía la ilusión por encontrarla, y maldigo aquella noche en la que por fin lo hice.

– Tu sombra es alargada, le dije con la primera voz.
– Y siempre oscura, me respondió.

Apenas un segundo agarrado a su hilo de voz, poco femenina y muy cascada por esos ‘pueblo’ que a menudo colgaban de sus labios, me sirvió para prenderme de ella como una gabardina a un perchero roído por los años, roto por el tiempo; que cuando la quieres descolgar siempre te llevas alguna astilla, que te duele, y te hace sangrar.

No dejaba sonar las piedras de hielo en el bourbon, en aquel vaso sucio y opaco siempre, durante las dos últimas horas, colocado en horizontal sobre mí. En ese tugurio oscuro, rojizo y sin ley, donde el humo apenas dejaba ver el cartel de prohibido fumar y en el que servía aquella vieja camarera que te invitaba a beber, y también a olvidar, con mirada comprensiva que solo mantenía detrás de aquella barra con olor a beefeater y que transformaba en soez fuera de ella.

Dumbar, apoyado a mi lado, como un perro fiel que sin decir nada te lo dice todo, aunque no te guste escucharlo, aunque de vez en cuando descargues con él tu ira, miró hacia la puerta gris, y reflejados en sus ojos vi los de ella, y el dulzor del whisky se tornó amargo. Al instante sentí su mano agarrar con fuerza mi brazo, y me levanté como si ardiera el taburete.

Caminé con ella hacia el humo, hasta que dimos con una pared, en la que su espalda quedó apoyada. Una espalda que sujetaba un edificio, una vileza que movía el mundo. Y yo allí, pequeño como una cerilla, rojo como una cerilla, a punto de prender como una cerilla. Y ella, como ese viento que impide arder la mecha, como ese hielo que humedece la dinamita, me dijo todo aquello que no había querido oír de nuevo. Eso que nunca olvidaré, y que tampoco pienso compartir aquí. Porque cuando ya no queda ni dignidad, ni orgullo, ni hombría, que permanezca al menos el silencio.

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